Zapatos blancos llenos de verga nueva parte 4
Se los puso porque le dio la gana, esos tacones finos que le apretaban el pie como si fueran un grillete de placer. La primera vez que los vio en la tienda supo que le iban a traer problemas, pero qué más daba: le encantaba que el cuero blanco se le manchara con cualquier cosa. Justo al salir del metro, con el sol quemándole la espalda, una mano sudorosa le agarró el culo por encima del vestido corto, apretando fuerte hasta dejarle los dedos marcados en la carne temblorosa. Ella soltó un gemido ahogado mientras la polla dura del desconocido le rozaba el muslo, tan caliente que hasta el nylon de las medias se le pegó a la piel mojada. Sin pensarlo dos veces, él la empujó contra el muro sucio de un callejón, arrancándole los zapatos de un tirón para clavarse entre sus piernas abiertas, sintiendo el coño empapado que ya le esperaba, chorreando de ganas. Ella jadeó cuando la verga gruesa le abrió las nalgas, empotrándola contra el ladrillo frío mientras le arrancaba las bragas de encaje con los dientes, dejando al descubierto ese coño rosado y palpitante que no paraba de gotear. El sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el callejón oscuro, mezclado con los gritos roncos de ella suplicando más, que no se detuviera, que la llenara hasta reventarla. Él no tenía piedad: con cada embestida profunda le clavaba las uñas en las caderas, marcándola como una presa, mientras la polla le llegaba hasta el fondo, haciendo que sus tetas rebotaran al ritmo salvaje de la follada. Cada vez que la sacaba, la punta brillante y enrojecida brillaba bajo la luz tenue, lista para volver a hundirse en ese agujero que ya no podía esperar, más mojado y caliente que nunca. Ella se corrió primero, con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo, mojándole la espalda y los zapatos blancos que ahora estaban destrozados, cubiertos de tierra y de los jugos que le escurrían por las piernas. Pero él no se detuvo, siguió empotrándola con fuerza, hasta que un gruñido gutural le anunció que se venía dentro, descargando toda su leche espesa en las entrañas de ella, que lo recibió jadeando, con los ojos en blanco y las piernas temblando. Cuando por fin se separaron, el vestido le colgaba torcido, los zapatos hechos trizas y el coño le palpitaba como si aún lo llevara dentro, mientras él se limpiaba la polla con la mano y le guiñaba un ojo antes de perderse entre la gente.