Tunecina de culo enorme se deja empotrar salvaje en casa
La morena de tetas gordas y culo de infarto llegó del mercado con su vestido ajustado pegado al cuerpo y ese olor a sudor limpio que le ponía la polla dura como un palo al marido. Él no pudo resistirse y la agarró por la cintura, hundiendo la cara entre sus tetas mientras le lamía los pezones duros como piedras que se le marcaban bajo la tela fina. Ella soltó un gemido ronco y le clavó las uñas en la espalda cuando sintió que la levantaba en vilo contra la pared de la cocina, con el culo bien abierto para él. La polla le ardía entre las piernas y no pudo evitar escupirse en la mano antes de clavársela de un tirón hasta las pelotas, sintiendo cómo su coño empapado se le aferraba como una ventosa. Cada embestida le sacaba un gritito agudo que rebotaba en las paredes, mientras él le apretaba el culo con ambas manos, dejando marcas rojas en esa carne que temblaba bajo sus dedos. Ella se retorcía como una loca, pidiendo más con la voz quebrada, y él no perdía ni un segundo, lamiéndole el sudor del cuello mientras la penetraba cada vez más hondo, hasta que sintió que su coño se contraía como una pinza alrededor de su verga. El choque de sus cuerpos resonaba en toda la casa, mezclado con los jadeos de ella y los gruñidos de él, que no paraba de empotrarla contra la mesa hasta que notó que el coño le temblaba como gelatina. Cuando por fin se corrió, lo hizo con un alarido bestial que le salió desde las entrañas, rociándole las paredes del útero con leche caliente mientras ella se dejaba caer contra su pecho, con las piernas temblorosas y el coño chorreando por todas partes. Todavía no había terminado de recobrar el aliento cuando él le dio la vuelta y se la clavó otra vez desde atrás, esta vez con la polla bien dura y el culo bien apretado, haciéndole ver las estrellas con cada embestida brutal que le dejaba la piel colorada y el coño más mojado que nunca.