Rubia curvilínea se deja empotrar en el bosque entre gemidos
Llevaba días acechándola entre los árboles, cada vez que pasaba cerca de su culo redondo y prieto que se marcaba bajo el vestido ajustado. Hoy por fin la pilló sola en el claro, con las tetas enormes rebotando sin sostén mientras se agachaba a recoger moras. Él no pudo resistirse y le agarró la melena rubia para acercar su polla gorda y sin circuncidar a esos labios rosados que ya chorreaban por el deseo. Le escupió en la boca antes de que ella abriera bien y se la tragara hasta el fondo sin quejarse, sintiendo cómo esa lengua juguetona le lamía el glande mientras el coño le ardía de ganas por ser reventado. La empujó contra un árbol y le arrancó el tanga de un tirón, dejándole el culo empinado para clavarle la verga hasta el útero sin piedad. Ella gruñía como una perra en celo, con los muslos temblando y el coño tan mojado que se oía el chapoteo cada vez que él la empotraba hasta que le golpeaba el clítoris con el pubis. No tardó en correrse gimiendo su nombre, con los jugos resbalando por las piernas mientras él le llenaba el coño de leche espesa, escupiendo chorros que le manchaban las tetas y la barriga redonda. Cuando por fin la soltó, ella se quedó jadeando contra la corteza, con las nalgas bien abiertas mostrando cómo el coño se le cerraba lentamente mientras se le escurría el semen caliente por el muslo. Él se limpió la polla en su pelo y le dio un azote en el culito antes de marcharse silbando, dejando a la rubia hecha un lío de piernas y con el coño aún palpitando de placer.