Gordinha rabuda recibe una follada salvaje en el sofá
La gordita rabuda no paraba de menear ese culazo respingón cada vez que se agachaba a recoger el control remoto, dejando ver cómo se le marcaba la tanga entre las nalgas enormes y bien prietas. Él no pudo resistirse y le agarró el culo con las dos manos, apretando fuerte mientras le susurraba al oído lo buena que estaba. Ella soltó una risita traviesa y se tiró hacia atrás contra él, sintiendo cómo la polla dura se le clavaba entre las piernas. Con un gemido ahogado, se quitó la camiseta y dejó al descubierto unos pechos grandes y pesados que rebotaban cada vez que él la empotraba contra el respaldo del sofá. Las embestidas eran brutales, el sonido de los choques entre pieles llenaba la sala mientras ella gritaba de placer, con el coño ya bien mojado y goteando sobre el cuero del mueble. Él le sujetó las caderas con fuerza, clavándosela hasta el fondo y haciendo que a ella se le escapara un chillido agudo, con los dedos hundidos en los muslos carnosos. El sudor les corría por la piel, mezclándose con el olor a sexo que inundaba el ambiente, mientras ella se retorcía entre sus brazos, cada vez más cerca del orgasmo. Él sintió cómo el coño le apretaba la polla como un torno, anunciando que estaba a punto de correrse, y aceleró el ritmo hasta que los dos explotaron en un clímax desenfrenado, con ella temblando y él gruñendo mientras le llenaba el coño de leche caliente. Cuando terminó, ella se quedó tirada sobre el sofá, jadeante y con las piernas temblorosas, mientras él le lamía el cuello sudado y le susurraba lo buena que había estado. La gordita rabuda sonrió satisfecha, sabiendo que esa no sería la última vez que se dejara follar así de duro.