Tumi la sumisa se entrega al placer de su marido Jackcock
—Cállate, que nos van a escuchar— susurra Tumi mientras Jackcock le levanta el culo para embestirla con fuerza. La habitación está en penumbra, las cortinas apenas filtran la luz del pasillo, y cualquier ruido del piso de abajo podría delatarlos. Ella gime ahogando los sonidos en la almohada, pero el choque de sus cuerpos contra el colchón es inevitable. Jackcock la tiene agarrada de las caderas, marcando el ritmo con embestidas profundas que hacen temblar sus muslos. El sudor resbala por la espalda de Tumi, su coño mojado chupa cada centímetro de la polla de su marido, que no para de gruñir entre dientes. —Más duro— pide ella en un susurro, arqueando la espalda para que él la penetre hasta las pelotas. Los gemidos se vuelven más intensos, y Jackcock le tapa la boca con una mano mientras con la otra le aprieta un pecho. El riesgo de que alguien entre los hace más salvajes: ella se retuerce, él la agarra del pelo y la obliga a mirarlo mientras la empotra contra la pared. El sonido de sus cuerpos chocando es casi un grito, pero se mezclan con el crujido de los muebles. Tumi siente cómo el placer le sube por la columna, y cuando Jackcock le da una palmada en el culo, ella se corre con un gemido ahogado. Él la gira de golpe, la empuja contra la cama y se corre sobre su espalda, marcándola con su leche caliente. Afuera, un portazo los hace saltar, pero ya es tarde: el momento de peligro los ha dejado temblando, exhaustos y con el corazón acelerado.