Tomasrengl se corre en mi mano y arruina todo
—Así no se trata a un hombre como yo, puta— me escupió él, y yo solo sonreí mientras mi mano ya envolvía su polla gruesa, caliente, con esa piel suave que se estiraba sobre el glande hinchado. Sabía que me odiaba por haberme follado a su novio la semana pasada, y por eso mismo lo hice venir, para que viera cómo su polla se endurecía bajo mis dedos, cómo sus caderas empujaban hacia adelante sin que pudiera evitarlo. Me encantaba sentir cómo el semen caliente salía a chorros, manchando mi mano, mi muñeca, incluso salpicando mi blusa blanca, esa que él me había regalado y que ahora llevaba solo para provocarlo. Cada gota era un recordatorio de que yo podía tener lo que él deseaba, y que su cuerpo traicionero lo demostraba. Cuando terminó, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos, supe que no olvidaría la humillación de correrse así, tan rápido, tan fuera de control. Y mientras me limpiaba la mano con su camisa, dejé caer el resto de su leche en el suelo, justo donde él no podría evitar pisarla al irse.