Puta no deja desayunar hasta que la empotre en la cocina
Llevaba días retándome con esos ojos negros mientras se mordía el labio inferior, y hoy no aguanté más: la agarré del pelo y la arrastré hasta la mesa de la cocina apretando ese culito prieto contra mi polla dura que ya amenazaba con romperle las medias. Ella soltó un gemido ronco cuando la boca de su coño se abrió de golpe al sentirme hincarle la verga hasta el fondo, empalándola contra el mármol frío mientras sus tetas rebotaban con cada embestida bruta. '¡Joder, qué estrecha estás, zorra!' le gruñí al oído mientras mis bolas golpeaban contra su clítoris, ya enrojecido y palpitante, y ella solo atinaba a arquear la espalda con las uñas clavadas en la madera, rogándome que no parara aunque se le estuviera corriendo el maquillaje. La agarré por las caderas y la levanté en peso para ponerla en cuatro patas sobre la silla, con ese culo blanco y redondo temblando como gelatina al aire, y le metí la mano entre las piernas para untarme su leche espesa en la polla antes de volver a hundírmela hasta la garganta. '¡Así, cabrón, así!' chillaba mientras su coño se contraía alrededor de mi miembro, chorreando jugos que resbalaban por sus muslos hasta manchar el piso de baldosas, y yo no podía más que clavarle los dedos en la carne y acelerar el ritmo hasta que sus gritos se volvieron agudos como un animal en celo. Cuando por fin me corrí, le llené el útero con un chorro caliente que le hizo gritar como si le estuviera arrancando el alma, y ella se derrumbó sobre la mesa con los muslos temblorosos, empapando la sábana con un charco de sus jugos mezclados con mi leche, mientras yo le lamía el lóbulo de la oreja y le susurraba que mañana a la misma hora la volvería a empalar sin piedad.