Novia pequeña azotada con cinturón y esposas
La pobrecilla no paraba de retorcerse contra el cabecero de la cama mientras él le ajustaba las esposas en las muñecas, con los brazos bien estirados por encima de la cabeza. El clic de los grilletes resonó en la habitación y ella gimió al sentir el cuero frío del cinturón rozándole el culo, pálido y tembloroso. Él le pasó la correa por los muslos con suavidad, como si estuviera acariciando un animalito asustado, pero cuando ella le suplicó que la dejara en paz él se rio bajito y le dio el primer azote seco, dejando una marca roja que se marcó al instante. El sonido del cuero al chocar contra su carne húmeda y bien abierta fue lo único que se escuchó antes de que ella empezara a gritar como una loca, con la espalda arqueada y los pezones duros como piedras. Él no perdió el tiempo y le agarró el pelo con fuerza, obligándola a mirarlo mientras le susurraba lo puta que era por excitarse tanto con cada latigazo. Las lágrimas le corrieron por las mejillas cuando él le metió dos dedos en la boca, empapados de su propio sabor, y luego se los metió hasta el fondo de la garganta mientras le azotaba el coño con la parte plana del cinturón. Ella intentó zafarse pero las esposas no se lo permitían, y cada vez que forcejeaba la correa le dejaba otra marca más oscura en el culo, que ya estaba rojo como un tomate maduro. Él se bajó los pantalones con calma, sacando una polla gruesa y venosa que ella miró con los ojos como platos antes de que él se la clavara hasta la garganta sin avisar, ahogándola con sus embestidas brutales mientras la correa seguía cayendo una y otra vez sobre su espalda y su culo. Los gemidos se mezclaban con los golpes, los cuerpos sudados resbalaban entre sí y el olor a sexo y a piel castigada lo inundaba todo, hasta que ella explotó en un orgasmo tan salvaje que le dejó las piernas temblorosas y el coño chorreando por todas partes.