Giulia recibe semen en la cara después de empotrarle el culo
Desde que Giulia entró en la habitación con aquellos tacones de aguja y ese vestido negro que apenas le cubría las tetas, él no pudo quitarle los ojos de encima. La muy puta se acercó arrastrando los pies sobre el suelo de mármol mientras se lamía los labios rojos, mirándolo con esos ojos verdes llenos de lujuria y sumisión total. Sin mediar palabra, se agachó de espaldas sobre la mesa de centro, levantando el culo perfecto para que él admirara su coño afeitado y brilloso, ya mojado por las ganas de que la empotraran bien fuerte. Él no necesitó más invitación: se bajó el pantalón de un tirón, sacando una polla gruesa y morada que le temblaba de ansiedad por hundirse en ese culito prieto que pedía a gritos ser destrozado. Con las manos firmes en sus caderas, la clavó sin piedad hasta las pelotas, sintiendo cómo su culo se abría como una flor mientras ella gritaba de dolor mezclado con placer, con esos gemidos agudos que le ponían la piel de gallina. Giulia no era cualquier puta, era una zorra adicta al dolor y al castigo, así que cuando él le escupió en el coño empapado antes de metérselo con el consolador negro bien grueso, ella solo gruñó y empujó contra la máquina, pidiendo más mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Pero el verdadero infierno llegó cuando él la sacó de la mesa, la puso de rodillas en el suelo y le metió la polla hasta la garganta, ahogándola con cada embestida hasta que ella no pudo evitar que la leche le resbalara por la barbilla y le goteara en los pechos. Sin embargo, el espectáculo no terminó ahí: aún con la boca llena de semen, él la levantó por el pelo, la giró contra la pared y le dio la vuelta para empotrarle el culo otra vez, esta vez con más rabia, con más violencia, hasta que Giulia ya no pudo aguantar y se corrió con un orgasmo tan intenso que le dejó las piernas temblorosas. Pero él no se contentó con eso: la agarró de los pelos, le abrió la boca de par en par y descargó toda la leche caliente directamente en su cara, pintándole los labios, la nariz, hasta las pestañas, mientras ella se dejaba cubrir como la puta sumisa que era, gimiendo y tragando lo que le caía en la lengua antes de que otra oleada le cayera sobre los senos desnudos. El semen le resbalaba por el cuello, le manchaba el vestido caro y le dejaba la piel pegajosa, pero Giulia solo sonreía con los ojos vidriosos, sabiendo que él volvería a follársela hasta dejarla hecha un trapo otra vez.