Modelo francesa se corre en la audición de casting
La morena de piernas largas llegó con su portafolio bajo el brazo y una sonrisa que prometía pecado, pero nadie imaginó que el agente —un tipo con barriga cervecera y mirada de lobo— tenía otros planes en mente. Desde el primer momento empezó a masajearle los hombros con manos sudorosas, deslizando los dedos cerca del escote mientras le susurraba que su físico era perfecto para la pasarela. Ella, sin saber que era el clásico truco de la industria, se dejó llevar creyendo que era profesionalismo, pero cuando él le pidió desvestirse para 'evaluar mejor su postura', el vello se le erizó al sentir su aliento caliente en el cuello. El muy cabrón le apretó los pechos con fuerza mientras le ordenaba arrodillarse, y antes de que pudiera protestar, ya tenía su gruesa verga en la boca, ahogándola con cada embestida brusca que le obligaba a tragar hasta la raíz. El coño le goteaba sin control al escuchar los gemidos ahogados del tipo mientras le agarraba del pelo y la obligaba a chupar más rápido, con la otra mano manoseando su culo hasta dejarle marcas rojas. Cuando por fin la puso a cuatro patas sobre la mesa del casting, le levantó la falda de un tirón y le arrancó las bragas de encaje, dejando al descubierto el coño bien empapado que brillaba bajo la luz fría del estudio. Él se arrodilló detrás, escupió en su mano y se la restregó entre los labios antes de clavársela de una sola estocada que la dejó sin aire, sintiendo cómo su polla enorme le estiraba el coño hasta el límite mientras le susurraba al oído que era la mejor puta que había visto en años. Las embestidas eran brutales, sacudiéndole las tetas contra el borde de la mesa cada vez que la empotraba hasta el fondo, y aunque ella intentaba aguantar los gritos, el sonido de sus caderas chocando contra su culo mojado llenaba la habitación como música obscena. Cuando el agente le advirtió que se correría dentro, ella solo atinó a gemir y a arquear la espalda mientras la primera salva de leche caliente le llenaba el vientre, seguida de otra que le resbaló por las piernas dejándole la piel pegajosa y el coño lleno de espuma espesa. Él se sacó con un último empujón, dejando que el resto de su corrida le cayera sobre la cara mientras le ordenaba lamer cada gota de su polla palpitante, con los ojos brillantes de satisfacción al ver cómo obedecía sin chistar, aún temblorosa y con los labios hinchados de tanto trabajo.