Incubo enorme la empala contra la pared
El cabrón del incubo ya no podía aguantar más las ganas de clavársela hasta el fondo en ese coño que llevaba horas imaginando entre sus piernas. Ella, con los pechos apretados contra la pared y el culo en pompa, solo atinaba a gemir cuando sintió su verga gruesa rozándole el coño empapado. Él no perdió tiempo y con un empujón brutal la abrió de par en par, sintiendo cómo sus jugos resbalaban por el interior de sus muslos mientras le embestía sin piedad. Ella chilló de placer al sentir su polla hinchada reventando contra su matriz, cada envite más profundo que el anterior hasta dejarla sin aliento. Con las uñas arañando la superficie fría, intentó aguantar los embates, pero el cabrón no tenía piedad y la follaba como si no hubiera mañana. Los sonidos húmedos de carne chocando contra carne llenaban el cuarto mientras ella movía las caderas al ritmo de sus empotramientos brutales, buscando más profundidad. Él, sudoroso y con la respiración entrecortada, le agarró las tetas por detrás y se las apretó con fuerza mientras seguía dándole hasta el fondo, haciendo que su coño chorreante se contrajera alrededor de su miembro. Los gemidos de ella se volvieron más agudos cuando notó cómo su leche espesa empezaba a llenarla por dentro, cada chorro caliente disparado con precisión contra su cuello uterino. Él no se detuvo ni un segundo, sino que siguió metiéndosela con saña hasta que ella se corrió otra vez, esta vez con un espasmo que le sacudió todo el cuerpo. La corrida fue tan intensa que él no pudo resistirse y descargó su carga con un gruñido gutural, dejando que su leche se escurriera por sus muslos temblorosos mientras ambos caían al suelo, exhaustos y satisfechos.