Marcelle Herrera se clava un consolador enorme en su culito húmedo
“Ya no aguanto más, necesito sentirlo hasta las pelotas”, me susurró Marcelle Herrera con la voz temblorosa mientras se desnudaba frente a mí después de días de miraditas y roces ‘accidentales’. La tensión entre nosotros era insoportable, como si el aire mismo ardiera con cada caricia furtiva que nos habíamos lanzado en la última semana. Al verla desnuda, su cuerpo delgado pero curvilíneo, con esas caderas que pedían a gritos ser agarradas, sentí que mi polla iba a reventar los pantalones. Sin perder tiempo, Marcelle se arrodilló y comenzó a masajearse los pechos mientras se metía el consolador enorme entre las nalgas, gimiendo cada vez que lo empujaba más adentro. “Así me gusta, bien duro”, murmuró, arqueando la espalda para que yo viera cómo el juguete desaparecía dentro de su culo apretado. La lubricación ya le chorreaba por los muslos, brillando bajo la luz, y el sonido de sus gemidos se mezclaba con el de la goma penetrando su carne. Yo la observaba, hipnotizado, mientras se empalaba una y otra vez, hasta que el consolador entero quedó enterrado en su interior. El calor que despedía su cuerpo era increíble, y sus gritos de placer me enloquecían. De pronto, Marcelle se quedó quieta, con los ojos cerrados, y supe que estaba al borde. “Voy a… voy a…”, alcanzó a decir antes de que un orgasmo brutal le sacudiera el cuerpo entero, dejándola temblando como una hoja. Al terminar, quedó tirada en la cama, la respiración agitada, con el consolador aún clavado en su culo, y un hilo de su lubricación goteando sobre la sábana blanca. El olor a sexo y sudor impregnaba la habitación, y en el suelo, su tanga negro hecho jirones era el único testigo de lo que acababa de pasar.