Majameer reta a su amante en un juego de placer oscuro
—¿Crees que puedes aguantar lo que te voy a dar?— desafía Majameer, arqueando una ceja mientras se desabrocha el sostén con lentitud. Su piel pálida brilla bajo la luz tenue, los pezones rosados ya duros de anticipación. Él se lame los labios, pero ella no espera: se agacha de golpe, metiendo la polla entera de golpe entre sus labios carnosos. El gemido que escapa de él es música para sus oídos. Majameer chupa con saña, moviendo la cabeza al ritmo que a ella le da la gana, hasta que él le agarra el pelo con fuerza. Ella sonríe, sabiendo que está perdiendo el control. Se levanta, empujándolo contra la pared, y se monta a horcajadas, empalándose de una estocada que los hace gemir a los dos. El choque de sus cuerpos resuena en la habitación oscura, el sudor mezclándose con los fluidos que gotean entre sus muslos. Majameer lo cabalga sin piedad, apretando los músculos del coño para que cada embestida sea más intensa. Él intenta resistirse, pero ella lo domina, moviendo las caderas en círculos que lo vuelven loco. —¿Ves?— susurra, mordiéndole el cuello. —No eres tan duro como pensabas. La respuesta de él es un gruñido, y con un movimiento brusco la voltea, clavándola contra el colchón. Ahora es su turno de marcar el ritmo, embistiendo con furia hasta que Majameer arquea la espalda, gritando su nombre. El orgasmo la sacude entera, pero él no se detiene, follándola más fuerte, más rápido, hasta que los espasmos de su coño lo orillan a correrse también, llenándola hasta el fondo.