Madrastra india gemía follada en cuchara salvaje
Llevaba días esperando este momento, con su culo prieto temblando cada vez que él se acercaba demasiado a la cocina. La madrastra, una morena de curvas explosivas y tetas naturales que le botaban al ritmo de cada paso, se mordió el labio cuando él le agarró el pelo y la tiró contra la pared. El muy cabrón le levantó la falda de un tirón y le metió dos dedos en el coño empapado sin avisar, haciéndola soltar un gemido ronco que le erizó la piel. Él no perdió tiempo: se bajó el pantalón, sacó esa polla gruesa que ya le apuntaba directamente a su entrada temblorosa y la empaló de un solo envite, clavándosela hasta el fondo mientras le aplastaba las tetas contra la madera. Ella gritó como una puta en celo, sintiendo cómo su culo se abría para recibir cada embestida brutal, con el sonido húmedo de sus carne chocando llenando el aire. Él le agarró las nalgas con fuerza, dejando marcas rojas en esa piel cremosa, y le ordenó que no se moviera mientras la follaba como a una perra en celo. El coño chorreante le mojaba el muslo a ella y el vientre a él, mientras los jugos resbalaban por sus piernas en hilos espesos. Cada gemido suyo se mezclaba con el sonido de sus cuerpos chocando, hasta que él le agarró el cuello y le susurró al oído que no se corría hasta que ella gritara su nombre con la garganta rota. Ella, ya fuera de sí, le arañó la espalda y le suplicó que no se detuviera, sintiendo cómo su clítoris palpitaba al borde del orgasmo cada vez que él le metía hasta las pelotas. Cuando por fin se corrió, fue con un espasmo violento que le dejó las piernas temblorosas, mientras él le llenaba el coño de leche espesa sin dejar de embestir, hasta que los dos quedaron pegajosos y jadeantes sobre el suelo de madera, con el aroma a sexo y sudor flotando en el ambiente.