Sheila Ortega se empalma y se come a Los Cobras
Sheila Ortega se había puesto un vestido tan ajustado que hasta las costuras crujían cuando se movía, y ese puterío de culo prieto y tetas redondas no dejaba a nadie indiferente en la fiesta. Los Cobras, ese grupo de morenos musculosos con pollas que prometían destrozar coños, no podían quitarle los ojos de encima desde que llegó con ese look de maldita que le había salido de mil demonios. Ella, con esa sonrisa pícara y esos labios carnosos pintados de rojo pasión, se acercó cojeando ligeramente por los tacones altos mientras se mordía el labio inferior, sabiendo que todos la devoraban con la mirada. Sin decir ni pío, agarró al primero que se le puso a tiro —un negro con un bulto que le llegaba hasta la rodilla— y le bajó la cremallera de un tirón, sacándole la polla morena y gruesa que ya goteaba líquido preseminal, lista para reventarle el coño de lo bueno que estaba. El tipo no pudo evitar gemir cuando ella se agachó de golpe y se la metió entera en la boca, chupando con fuerza mientras le agarraba las pelotas con una mano y con la otra se sobaba el coño empapado por encima del tanga, que ya se le había pegado de tanto jugo. Entre jadeos y sorbetones húmedos, el negro la levantó en volandas y la empotró contra la pared, subiéndole el vestido hasta la cintura para dejarle el culo al aire, prieto y redondo como una manzana madura, y sin avisar le metió la polla hasta el fondo con un empujón brutal que la hizo gritar de dolor mezclado con placer. Sheila, loca de lujuria, se retorció contra la pared mientras le clavaba las uñas en el culo al moreno, pidiendo más fuerte, más duro, más profundo, mientras el líquido caliente le resbalaba por los muslos y le empapaba el tanga hasta dejarlo hecho trizas. No tardó en entrar el siguiente, otro de Los Cobras con un cuerpo de escándalo y una verga que parecía de otro mundo, y ella, sin dudar, se arrodilló para hacerle una mamada en cadena, pasando la lengua por el glande hinchado mientras le masturbaba con las dos manos, sintiendo cómo el primero se le corría en la boca a chorros, grueso y espeso, mezclado con sus propios gemidos ahogados. Cuando por fin la pusieron boca arriba sobre la mesa de centro, con las tetas botando al ritmo de las embestidas brutales que le metían ambos a la vez, Sheila perdió el control, corriéndose en espasmos salvajes mientras su coño se contraía alrededor de las pollas como si quisiera tragárselas enteras, gritando obscenidades en español mezcladas con gemidos guturales, con el cuerpo cubierto de sudor y la piel enrojecida por el placer. Los tres se vinieron juntos en una sinfonía de carne, leche y fluidos que se escurrían por las piernas de Sheila, dejando su cuerpo tembloroso y saciado, pero con la mirada aún llena de lujuria, como si pidiera más aunque no pudiera aguantar ni un segundo más.