Madrastra pide masaje y acaba empalada hasta reventar
Desde que se mudó a vivir con ellos, su culo prieto y esos pechos naturales que se le escapan del corpiño rosa no dejaban de tentarlo por las noches cuando pasaba a su lado para darle las buenas noches. Aquella tarde, después de que el padastro saliera a trabajar y dejar la casa en silencio, ella lo llamó desde el dormitorio con voz de puta necesitada: 'Ven, necesito que me des un masaje en la espalda... pero hazlo bien'. Él no pudo resistirse al verla boca abajo sobre la cama, con las tetas aplastadas contra el colchón y el culo redondo y palpitante en el aire, esos muslos gruesos separados como invitándolo a meterse entre ellos. Sin perder ni un segundo, se bajó el pantalón y sacó la polla dura como una piedra mientras ella gemía y se agarraba a las sábanas con los nudillos blancos, mordiendo un cojín para no gritar. Con un empujón brutal, la penetró de golpe hasta las pelotas, sintiendo cómo su coño estrecho y empapado se ajustaba a su grosor como un guante mojado, cada embestida haciendo que sus nalgas vibran con un sonido húmedo de carne chocando contra carne. Ella no paraba de jadear y suplicar que la follara más fuerte, arañando el colchón mientras él la empotraba contra el cabecero, haciendo crujir la madera con cada golpe. Sus tetas enormes rebotaban al ritmo de las embestidas, los pezones rosados duros como piedritas, y él no pudo evitar agarrarles con fuerza mientras le llenaba el coño de leche caliente hasta que no cupo ni una gota más, goteando por sus muslos al separarse. Cuando por fin se derrumbó sobre su espalda sudorosa, ella no dejó que se fuera: quería sentirlo correrse otra vez dentro de ella, chupándole la polla hasta dejarla limpia antes de volver a empalarla con saña. El sonido de sus cuerpos enredados, los gemidos ahogados y el olor a sexo y a crema derretida llenaron la habitación hasta que ambos quedaron rendidos, exhaustos y completamente satisfechos.