Las hermanastras del hijab lo quieren todo metido en sus coños ajustados
Te voy a contar cómo fue esa tarde cuando el hermanastro se encontró a las dos hermanas del hijab en la cocina, las dos con esos culitos redondos que no paraban de temblar cada vez que se movían. Una de ellas, la más pequeña, me miró con esos ojos de puta inocente y me susurró: '¿Te gustaría ver qué pasa si te arrodillas aquí mismo?'. Antes de que pudiera responder, ya tenía una mano en mi polla, apretando con fuerza mientras la otra se levantaba el vestido para enseñarme ese coño mojado que goteaba sin parar. El hermano mayor, que siempre escuchaba los ruidos desde la sala, no tardó en acercarse, pero las dos le hicieron señas de silencio con un dedo en los labios, sabiendo que en cualquier momento podía aparecer la madrastra. Entre gemidos ahogados, la mayor se subió sobre mi verga, cayendo de una vez hasta que los muslos le temblaron, mientras la menor se agachaba para chuparme los huevos, con miedo de que alguien los escuchara. A cada embestida, el sonido de la carne chocando contra carne se mezclaba con los pasos que venían del pasillo, y la tensión de ser descubiertos solo hizo que se mojaran más. La más pequeña, con la respiración agitada, me mordió el cuello mientras su hermana se corría con un grito ahogado, y yo sentí que ya no aguantaba. Cuando el semen me explotó entre los labios de la menor, las dos se miraron con complicidad, sabiendo que no era la última vez que jugarían así, pero que de ahora en adelante, cada ruido en la casa las haría recordar esta tarde. Lo que más me excitó fue pensar que en cualquier momento alguien podía abrir esa puerta y vernos así, con mi polla aún enterrada hasta las pelotas en ese coño delicioso, y esa idea me tenía pensando en repetirlo cada vez que las viera.