La provocación que terminó en un polvo salvaje
No podía creer lo que veía cuando entró al cuarto: ella llevaba ese vestido ajustado, el que sabía que lo volvía loco, y se movía de forma deliberada, rozando su cuerpo contra el de él cada vez que pasaba. Llevaba semanas mandándole fotos en ropa interior, rozándose los labios con los dedos en mensajes que borraba después, y ahora estaba ahí, en su casa, con esa sonrisa de puta que sabía que no podía resistir. Él intentó mantener la calma, pero cuando ella se inclinó para recoger algo del suelo, dejando ver el tanga negro que apenas cubría su culo perfecto, perdió el control. La agarró de la cintura, la empujó contra la pared y le arrancó el vestido de un tirón, dejando al descubierto sus tetas duras y su coño ya mojado. Ella gimió cuando le metió los dedos, pero no fue suficiente: quería sentir esa polla gruesa dentro de ella. Se dejó caer de rodillas, le bajó los pantalones y se la metió en la boca, chupando con fuerza mientras él le agarraba el pelo. Cuando ya no pudo más, la levantó, la giró y la empotró contra la pared, entrando de una estocada hasta hacerle tocar el cuello del útero. Ella gritó, pero él no se detuvo: la folló con fuerza, escuchando cómo su culo golpeaba contra sus caderas cada vez que la embestía. Cuando por fin se corrió, ella se quedó temblando, con la respiración agitada y el coño palpitando, pero en su mente solo pensaba en cómo había disfrutado cada segundo de esa venganza sexual.