La esposa de anteojos se deja empotrar por el amante
Esa tarde en el dormitorio, me puse los tacones altos y el tanga negro que tanto le gusta a él, sabiendo que mi marido estaba en el trabajo. Eva Gold, mi mejor amiga, me había contado cómo su amante la hacía gemir hasta perder la voz, y hoy yo iba a probar lo mismo. Cuando el tipo entró por la puerta, sus ojos se clavaron en mis tetas naturales y en mi culo respingón, ya mojado de solo pensar en lo que vendría. Le dije que mi marido no me satisfacía, que su polla era pequeña y que necesitaba algo más grande, más duro. Él no perdió tiempo: me tiró sobre la cama, me arrancó el tanga de un tirón y me penetró de una estocada, hundiendo sus dedos en mis nalgas mientras yo gritaba. Cada embestida me hacía sentir su verga hasta las pelotas, golpeando justo donde más lo necesitaba. Le clavé las uñas en la espalda mientras él me mordía el cuello, y cuando ya no aguanté más, me corrí con un gemido ahogado, sintiendo cómo su leche caliente me llenaba entera. Al terminar, él se dejó caer a mi lado, jadeando, mientras yo miraba el charco de mi propia excitación en las sábanas.