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La enteada más cachonda no resiste más un culo bien empotrado

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Estúdio Casalogrorj1

La pequeña de dieciocho recién cumplidos no pudo evitar morderse el labio cuando él le pasó el brazo por la cintura al salir de la ducha, su cuerpo aún chorreando agua y su piel erizada de deseo. El muy cabrón sabía exactamente lo que quería desde que la vio por primera vez con ese vestido ajustado que dejaba poco a la imaginación, sus tetas pequeñas pero firmes moviéndose cada vez que respiraba. Ella no necesitó más que un empujón suave contra la pared del pasillo para que sus bragas quedaran empapadas al instante, el coño palpitando como loca mientras él le susurraba al oído lo buenísima que estaba y lo mucho que deseaba hundirle la polla bien dura en ese culito que tanto lo volvía loco. Con un gemido ahogado, ella se agachó sobre la cama, dejando el culo en pompa y la espalda arqueada para recibirlo, sus nalgas temblando de anticipación mientras él se arrodillaba detrás con las manos temblorosas de puro morbo. La primera embestida fue lenta pero brutal, estirando su entrada anal hasta el límite mientras sus uñas se clavaban en las sábanas y un grito de placer escapaba de su garganta, mezclado con jadeos roncos que llenaban toda la habitación. Él no tuvo piedad, agarrándole las caderas con fuerza y empotrándosela hasta el fondo una y otra vez, cada movimiento arrancándole un chillido agudo que se cortaba abruptamente cuando el dolor dulce se convertía en placer puro, su coño goteando sin control mientras la polla le abría el culo como nunca antes. Los sonidos de carne chocando contra carne resonaban en el cuarto, el sudor le resbalaba por la espalda mojada y la respiración entrecortada de ambos era el único ritmo que marcaba el ritmo de sus embestidas cada vez más profundas y desesperadas. Cuando ella sintió que se le nublaba la vista y las piernas le temblaban como gelatina, supo que no aguantaría más sin correrse, así que se empujó contra él al ritmo de cada empellón, su culito rojo y brillante bajo la luz de la mesilla, apretando los músculos con cada vaivén para recibirlo hasta el fondo. El orgasmo la alcanzó como un maremoto, su cuerpo convulsionando con espasmos violentos mientras él gruñía como un animal y le llenaba el recto de leche caliente, descargando su corrida con cada sacudida de sus caderas hasta que ambos quedaron exhaustos, jadeando y pegajosos sobre las sábanas revueltas.

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