La casada infiel se cobra con la polla del arrendador
Lucía llevaba semanas mirándome con esos ojos de puta hambrienta cada vez que pasaba por el pasillo, rozando su culo respingón contra mi polla sin querer (o queriendo). Sabía que su marido no le llenaba como yo, con mi verga gruesa y larga que le hacía temblar las piernas. Un día, cuando fui a cobrar la renta atrasada, me abrió la puerta con un short ajustado que apenas tapaba su coño depilado y húmedo. '¿Te gusta lo que ves?', me dijo, mordiéndose el labio mientras se agachaba para recoger un papel, dejando al aire su tanga negro empapado. No aguante más, la empujé contra la pared y le arranqué el short de un tirón, hundiendo mis dedos en su raja caliente. '¡Dámela ya, cabrón!', gimió, mientras le abría las nalgas para clavarle mi verga hasta las pelotas. La levanté en el aire y la empotré contra la pared, sintiendo cómo su coño apretado me tragaba entero de golpe. Cada embestida la hacía chillar más fuerte, sus tetas saltaban con cada golpe, hasta que no pude más y le solté una corrida espesa que le llenó el culo entero. '¡Sí, así, pendejo!', gritó, apretando sus músculos para ordeñarme hasta la última gota. La tensión de semanas explotó en ese momento, con mi leche blanca corriendo por sus muslos mientras ella se retorcía de placer.