Hermana política me empotra hasta dejarme sin aliento
Lleva semanas mirándome con esos hoyos negros del vestido ajustado y hoy por fin no pudo aguantar, me arrastró al cuarto y me tumbó en la cama con ese culazo que le vibra cada vez que se mueve. No me dio tiempo ni a quitarle el top ceñido que le marca las tetas gordas y duras como dos sandías maduras, solo le arranqué el tanga de encaje y le clavé la lengua en el coño empapado que olía a sexo fresco y mechones de pelo rubio le caían sobre los hombros sudorosos. Gritó como puta descontrolada cuando le mordí el clítoris mientras le metía dos dedos bien hondo y noté cómo se le contraían las paredes del coño al borde del orgasmo, pero no la dejé correrse todavía, quería más. Entonces me empujó contra el colchón y me puso de rodillas con esa polla gruesa que le cuelga entre las piernas, me agarró del pelo y me empotró la verga hasta la garganta sin piedad, con las tetas rebotando contra mi cara cada vez que me embestía como una bestia. Gemí con la boca llena, el sabor salado del pre-semen me inundó la lengua y le chupé la punta como una loca mientras me agarraba las nalgas con esas manos grandes y carnosas para clavarme más hondo. Cuando por fin me dio la vuelta y me puso en cuatro, sentí su coño caliente pegado a mi culo mientras me abría las nalgas con las dos manos y me metía la polla hasta el fondo sin avisar, el sonido de los choques de carne húmeda y nuestros gritos llenaron la habitación como una sinfonía de deseo sucio. Cada embestida me dejaba sin aire, su velluda entrepierna me azotaba el culo con fuerza y mis tetas se mecían como gelatina bajo su peso, la cama crujía y los jugos del coño le resbalaban por los muslos mientras me follaba como si llevara meses sin probar un coño. No pasó ni un minuto antes de que sintiera sus uñas clavadas en mis caderas y el chorro caliente de su corrida inundándome por dentro, pero no se detuvo ahí, siguió dándome empujones cortos y brutales hasta que yo también me vine con un espasmo que me dejó temblando, con la cara enterrada en las sábanas y el coño chorreando por todas partes. El colchón quedó empapado, los dos estábamos sudorosos, jadeantes y con las pieles pegajosas de tanto sudor y leche, pero ella no se conformó con una sola vez, me tiró de vuelta a la cama y me montó como una amazona salvaje hasta dejarme seco otra vez.