Dolcina se masturba en el bosque con miedo a ser pillada
Al atardecer, entre los árboles, Dolcina se recuesta contra un tronco grueso, sintiendo la corteza áspera en su espalda mientras sus dedos se deslizan por su coño ya mojado. El sol filtra la luz entre las hojas, iluminando su cuerpo delgado y sus tetas perfectas, que se mueven al ritmo de sus gemidos ahogados. Ella mira alrededor, nerviosa, escuchando el crujir de las ramas por si alguien se acerca. Cada roce de sus dedos la hace arquear la espalda, mordiéndose el labio para no gritar. Su culo apretado se levanta levemente, buscando más fricción mientras su clítoris late bajo sus caricias. El peligro de ser descubierta la excita aún más, imaginando a algún cazador o aldeño pasando por ahí. Sus muslos se tensan, las uñas se clavan en la corteza mientras su orgasmo crece, los fluidos resbalando por sus piernas. Un pájaro canta cerca, pero ella no puede parar, sus dedos trabajan más rápido, más profundo, hasta que un gemido ahogado escapa de su garganta. El placer la recorre entera, las olas de calor la dejan temblando, pero sabe que la próxima vez será aún más arriesgada.