Culo perfecto y tetas enormes en una negra ardiente
La morena entraba en el local con ese vestido ajustado que le marcaba cada curva como si fuera una segunda piel, y el tipo que estaba en la barra no pudo evitar atragantarse con su cerveza al ver cómo esa negra de infarto se mordía el labio mientras se le acercaba con ese contoneo de caderas que parecía hecho para romperle la polla a cualquiera. Sin mediar palabra, ella le agarró de la entrepierna con esa manaza morena y le susurró al oído con voz de whisky barato que le iba a hacer olvidar hasta su propio nombre, mientras le pasaba la lengua por el cuello como si fuera un helado derritiéndose. Él, con los ojos como platos y la polla ya a punto de reventarle el pantalón, no necesitó más invitación: la levantó en volandas y la empotró contra la pared del callejón más cercano, donde el olor a cerveza derramada y piel sudada se mezclaba con los gemidos ahogados que salían de esa boca que no paraba de chuparle el lóbulo de la oreja mientras sus tetas enormes rebotaban con cada embestida. Ella, con las piernas alrededor de su cintura y las uñas clavadas en su espalda, le exigía más fuerte, más profundo, que le metiera esa verga hasta el fondo del coño porque ya lo tenía más mojado que el suelo del baño después de una fiesta. Él no se hizo de rogar: le arrancó el tanga de un tirón, le escupió en los dedos para humedecerle el culo prieto y se la clavó por detrás sin piedad, haciéndola gritar de placer mientras sus tetas se aplastaban contra la pared y su coño se le ceñía como un puño alrededor de la polla. La morena, entre jadeos y maldiciones en español mezclado con inglés sucio, le pedía que la llenara, que le dejara el coño inundado de leche caliente, y él, enloquecido por el tacto de ese culazo que le golpeaba las bolas con cada embestida, no pudo aguantar más: le metió los dedos en la boca para que se los chupara mientras se corría dentro de ella con un rugido que resonó en todo el callejón. Cuando por fin se dejó caer contra su hombro, jadeando y con las piernas temblorosas, él le susurró al oído que esa negra era la puta más caliente que había follado en su vida, mientras ella se reía y le lamía la polla flácida con esa lengua experta que ya le estaba poniendo dura de nuevo.