Abuelita cachonda se empala con verga enorme en 3D
La vieja no se quedó con los brazos cruzados cuando el nieto le soltó que le encantaban sus tetas grandotas y el culo bien puesto que se le marcaba con el vestido ajustado. En cuanto el cabrón se quitó la camisa para enseñarle su polla dura como un mástil, la abuelita se le tiró encima sin pensarlo dos veces, le agarró el rabo con las dos manos y se lo metió hasta la garganta de un solo trago mientras le gruñía que le iba a reventar el coño a base de empellones. El tipo, que no esperaba tanta fiereza, le respondió clavándole los dedos en esas nalgas blanditas y dándole un azote que hizo temblar hasta los muebles del cuarto mientras ella jadeaba con la boca llena, los ojos vidriosos y las tetas rebotando como dos globos de silicona mal ajustados. La cosa se puso más caliente cuando la vieja se subió encima de él a cuatro patas, le ofreció ese culo gordo y le ordenó que le metiera la verga hasta el fondo sin piedad, sintiendo cómo cada embestida le llegaba hasta las entrañas y le hacía soltar chorros de flujo que le resbalaban por los muslos. El cabrón no se hizo rogar, le agarró las caderas con fuerza y se la clavó tan hondo que los huevos le golpeaban el coño al ritmo de sus gemidos ahogados, mientras ella se agarraba a las sábanas y le suplicaba que no parara, que le reventara por dentro. La escena se volvió loca cuando él le ordenó que se diera la vuelta y le chupara las tetas mientras le metía los dedos en el coño, sintiendo cómo se le contraían los músculos al correrse por primera vez en años, con la leche saliéndole a borbotones por la comisura de los labios y los pezones duros como piedras. Pero el viejo no había terminado, le dio la vuelta de nuevo, le levantó esas piernas gordas y se la empaló de una sola vez, sintiendo cómo el coño le tragaba la polla entera mientras ella gritaba como una posesa, con los pelos blancos revueltos y la cara roja de placer. El cabrón le dio entonces una última embestida brutal, le llenó el coño de leche espesa y caliente mientras ella se corría otra vez, esta vez con la espalda arqueada y los dedos de los pies retorciéndose de puro éxtasis, dejando un charco de flujo y semen que se mezclaba en el suelo mientras ambos caían exhaustos, sudorosos y con la respiración entrecortada.