Seguí a mi esposa por un tipo en la calle y acabé follándola
Ella salía del gimnasio con ese short que le marcaba el culo de locura, sudor en la nuca y las tetas rebotando bajo la camiseta mojada, cuando el coche negro se detuvo justo a su lado. El tipo bajó la ventanilla y le soltó un '¿qué tal, preciosa?' con voz de vicio mientras le repasaba el cuerpo de arriba abajo, y ella ni se inmutó, solo le sonrió como puta en celo mientras yo, escondido tras un árbol, me fajaba la polla con las manos temblorosas. Él le ofreció llevarla a algún lado, pero mi esposa, con esa sonrisa de perra en celo que le pone hasta a los santos, le dijo que no necesitaba transporte... lo que necesitaba estaba justo allí, entre sus piernas, bien duro y palpitando. El tipo no se lo pensó dos veces: salió del coche como un animal en celo, la agarró de la nuca y le plantó un morreo que le dejó los labios hinchados y el coño empapado, mientras yo me acercaba como un cornudo más que feliz, con la polla a punto de reventar el pantalón. Ella se dejó caer de rodillas en la acera, le abrió el pantalón como una posesa y le sacó esa polla gruesa y venosa que le hizo babear al instante, sin importarle quién pudiera verla. Con la lengua le lamió el prepucio hasta dejarlo brillante, chupando cada vena mientras gemía como una puta desesperada, y el tipo le agarraba la cabeza con fuerza para empotrarle hasta la garganta. Cuando ya no pudo más, la levantó como una pluma, le arrancó el short de un tirón y la empotró contra la pared del callejón, donde ella, con las tetas aplastadas y el culo en pompa, le suplicó que la reventara por detrás. Él no necesitó más invitación: le escupió en el culo, le metió los dedos bien mojados y luego le clavó la polla hasta el fondo, haciéndola gritar como una loca mientras las embestidas le sacudían el cuerpo entero. Yo, desde atrás, le lamía el coño mientras él la destrozaba, sintiendo cómo su leche caliente le llenaba las entrañas mientras ella se corría como una manguera, mojando cada centímetro de su piel y dejándola temblando entre jadeos y maldiciones. Cuando terminaron, el tipo se subió al coche sin mirar atrás, pero mi esposa quedó allí, tirada en el suelo con las piernas abiertas, los muslos pegajosos y la mirada perdida, como si aún sintiera ese pedazo de carne dentro de ella... y yo solo pude sonreír, porque al final, el cornudo siempre gana.