Mano loca en una polla enorme masturbación salvaje
El cabrón se agarraba la verga con los dedos bien abiertos y empezaba a tirarse a sí mismo como si no hubiera mañana, la piel roja de tanto frote y los gemidos saliendo roncos de su garganta mientras se escuchaban los golpes secos de sus pelotas chocando contra su propia mano. La cámara se acercaba más y más hasta que se veían los nudillos blancos de tanto apretar, la gota de líquido preseminal brillando en el glande cada vez que se la bajaba hasta la base con un suspiro de puro éxtasis. No paraba ni un segundo, la mano no dejaba de subir y bajar con ese ritmo desesperado que solo da la necesidad más animal, los músculos del brazo tensándose cada vez que llegaba al tope y luego se relajaban al soltarla hasta la mitad para volver a empalmarla con fuerza. Entre diente y diente se le escapaban maldiciones que se mezclaban con los golpes húmedos de la piel contra su propia carne, el sonido de un animal en celo que no puede contenerse más, la polla cada vez más dura y más roja, lista para reventar en cualquier momento. Se le saltaban los ojos de la órbita con cada embestida interna que se daba, imaginando que eran unos labios apretados o un coño empapado en vez de su propia mano, hasta que el líquido caliente le brotó a chorros por el glande hinchado y le resbaló por los dedos en hilos gruesos que le dejaron la mano pegajosa y la polla completamente empapada. Se le cayó la cabeza hacia atrás con un gruñido animal mientras el último chorro le salpicaba la barriga, la leche espesa le corría por el pecho y el estómago en gotas que brillaban bajo la luz de la habitación, y ahí seguía, jadeando como un perro después de correr una maratón, con la mano aún temblorosa alrededor de la verga flácida que poco a poco se iba relajando mientras los últimos espasmos le sacudían el cuerpo entero. El sudor le perlaba la frente y le resbalaba por las sienes, la respiración entrecortada le impedía articular palabra, pero en sus ojos se veía esa satisfacción plena, como si acabara de comerse el mejor banquete después de semanas de hambre. La cámara no perdía detalle, ni el movimiento brusco de los huevos al correrse ni la expresión de puro éxtasis cuando el último chorro le salió disparado hacia la boca, manchándole los labios de leche caliente antes de que se le cerraran los ojos del todo y se dejara caer contra el respaldo del sofá con un suspiro definitivo.