Tío cachondo se corre solo en su cuarto
El muy guarro llevaba todo el día con la mano en el pantalón cada vez que pasaba una tía buena por la calle, pero hoy no había nadie... solo su polla palpitante y el espejo empañado del cuarto. Se quitó la camiseta sudada de una patada y se dejó caer en la cama mientras se agarraba la verga con los dedos llenos de venas marcadas, frotándola con saliva para que resbalara mejor. Los gemidos le salían entrecortados, roncos, mientras se imaginaba la boca de una zorrita cualquiera tragándosela hasta la garganta o un coño bien apretado apretujándole el rabo como un tornillo. Cada embestida mental le hacía arquear la espalda y apretar los dientes, la cabeza echada hacia atrás contra el colchón mientras los huevos le subían y le ardían, listos para soltar todo el semen espeso en chorros calientes sobre su barriga. Se corrió con un gruñido animal, la leche blanca le salpicó la piel desde la tetilla hasta el ombligo, y se quedó ahí, jadeando, con la verga aún dura pero goteando los últimos restos de su corrida. El cuarto olía a sexo barato y a su propio sudor, pero no le importaba. Mañana repetiría, seguro que alguna vecina cotilla se dejaba ver desde el balcón.