La tranny más hermosa te va a chupar la polla como nadie
En la cocina, con la luz tenue del atardecer filtrándose por la ventana, yo ya no aguantaba más. Llevaba días mirándola de reojo, viendo cómo se mordía los labios mientras me servía café, cómo su mirada se clavaba en mi entrepierna cuando creía que no la veía. La tensión entre nosotras era insoportable, como un cable de alta tensión a punto de estallar. Hasta que una noche, cuando ya no pude resistir ni un segundo más, la acorralé contra el refrigerador y le dije entre dientes: 'Te voy a enseñar por qué todas me llaman la reina'. Le bajé los pantalones de una sola tirada, dejando al descubierto ese coño perfecto, ya mojado de anticipación. Me arrodillé sin perder tiempo, separándole las piernas con mis manos, y empecé a devorarla como si fuera mi última comida. Sus gemidos llenaron la cocina mientras mi lengua recorría cada pliegue, cada rincón, hasta que sus muslos temblaron contra mis orejas. Pero yo sabía que quería más, que necesitaba sentir esa polla dura en mi boca. Así que la levanté de un jalón y la senté sobre la mesa, abriéndole las piernas de par en par. 'Chúpala', le ordené, señalando mi verga ya palpitante. Ella no lo dudó ni un segundo: se la metió entera de golpe, hasta que mis pelotas chocaron contra su barbilla. Los sonidos de succión eran obscenos, lascivos, y cada vez que me miraba con esos ojos llenos de lujuria, yo sentía que iba a reventar. Cuando ya no pude aguantar más, la levanté como si fuera una pluma y la empalé contra la pared, hundiéndome en ella de una estocada brutalmente profunda. Cada vez que entraba en ella, sus gritos eran más altos, más desesperados, hasta que al fin, después de más de 13 minutos de follada salvaje, me corrí dentro de ella con un rugido que hizo temblar las paredes. Pero no era suficiente, porque lo que realmente me excitaba era saber que en ese momento, ella no era más que mi puta, y que yo era la dueña de cada gemido, cada espasmo, cada gota de sudor que caía por su cuerpo. Aún ahora, cuando cierro los ojos, siento cómo su coño se apretaba alrededor de mi polla, cómo sus uñas se clavaban en mi espalda, cómo el calor de su aliento quemaba mi piel. Porque no era solo sexo, era poder, posesión, y la certeza de que nadie, absolutamente nadie, podría hacerla sentir lo que yo le hacía sentir. Y eso, al final, es lo que más me encanta.