La rubia recibe lección salvaje de un macho maduro
Llevaba las medias de red bien ajustadas que le marcaban cada curva del culo prieto mientras se mordía el labio rojo, sabiendo que esa noche no iba a salir con vida de aquel despacho. Él, con su verga gruesa y palpitante, le agarró del pelo teñido de rubio y se lo clavó hasta la garganta sin pedir permiso, obligándola a tragarle entero mientras los tacones de aguja se le clavaban en la alfombra persiguiendo el placer. La polla le rozaba la campanilla cada vez que le empotraba hasta el fondo, haciendo que los ojos se le llenaran de lágrimas mientras los jugos del coño le empapaban las medias por la excitación descontrolada. Entre gemidos ahogados y arcadas, él le bajó la falda del uniforme ajustado y le dio una palmada en el culo desnudo, dejándole marca roja que brillaba bajo la luz tenue del lugar. La azotó una y otra vez, sintiendo cómo el cuero de las medias le frotaba las nalgas mientras le metía los dedos bien mojados por el culo depilado, preparándola para lo que venía. Cuando por fin la volteó y la apoyó contra el escritorio, le arrancó las bragas de encaje y le clavó la polla hasta el fondo en el coño palpitante, haciendo que gritara con cada embestida brutal que le dejaba la espalda arqueada y los pechos rebotando salvajemente. Él le escupió en el culito antes de empalarla de nuevo, resbaladiza de sudor y crema, mientras le susurraba al oído lo puta que estaba por tragarle la leche espesa que le iba a reventar las entrañas. El primer chorro caliente le cayó en la cara y pelo rubio, el segundo en la boca entreabierta, y el tercero le resbaló por el culo enrojecido, dejándola temblorosa y con la piel pegajosa mientras él se reía al verla así, convertida en su juguete sucio y obediente.