La hijastra asiática prueba mi polla monstruosa
La pobrecita niñita llegó del Japón con esa mirada de inocente que tanto me pone, pero en cuanto le enseñé mi verga dura como una roca y esas venas que le saltan por todo el tronco, se le borró la cara de niña buena al instante. Le agarré el culo prieto y redondo como un melocotón maduro, le aplasté los pechos contra el espejo del baño y sin decir ni pío le metí la punta entre los labios entreabiertos que ya estaban como dos fresas jugosas. La muy putita gimió con esa boquita de muñeca mientras le escupía la polla hasta que se le saltaron las lágrimas y empezó a chupar con esos dientecitos tan blancos que le rozaban el prepucio como si fuera un helado de vainilla. Cuando ya no pudo más, la levanté en peso y la empalé contra la pared, con las piernas enroscadas a mi cintura y ese coño depilado que chorreaba por los muslos como si acabara de salir de la piscina. Cada embestida le sacaba un quejido agudo, esos pezones rosados se le ponieron duros como botones y la cama crujía con cada golpe de mi cadera contra su culo prieto que rebotaba como un flan. Le metí los dedos en la boca para que se callara y entonces le solté el torrente caliente justo en la garganta, mientras ella se corría con espasmos que le hacían temblar todo el cuerpo desde los dedos de los pies hasta la coronilla. Cuando por fin la dejé caer al suelo, tenía la cara llena de babas y semen, los muslos pegajosos y esa mirada de loca que solo da una follada bien dada, y yo me quedé ahí, con la polla aún goteando y el corazón a mil por hora, sabiendo que esa noche no sería la última vez que la hijastra asiática probara mi polla monstruosa.