Jovencita japonesa es empotrada sin piedad por viejo
La chiquilla de cuerpo frágil no podía creer que ese viejo verde se atreviera a tocarle el culo prieto mientras le susurraba al oído que se dejara follar sin parar. Con las tetas pequeñas pero bien duras y el coño depilado y chorreando, la morrita de dieciocho tacos no opuso resistencia cuando él le arrancó el tanga de encaje y le metió los dedos para probar lo mojada que estaba. El viejo, con la polla gruesa y venosa ya dura como piedra, le ordenó que se agachara sobre el sofá para sentir cómo se la hundía hasta el fondo sin piedad. Ella gimió fuerte al notar cada embestida brutal, sintiendo cómo le golpeaba el útero mientras el cabrón le agarraba las caderas con sus manos rugosas y le exigía más. La piel blanca de la japonesa se le ponía roja con cada empotrada, el sudor le resbalaba por la espalda y los gemidos se le atragantaban en la garganta al sentir cómo le llenaba el coño con chorros bien calientes de leche espesa, dejándole las paredes bien untadas sin darle tiempo a recuperarse. Él no paró hasta que ella, exhausta y con las piernas temblorosas, se corrió gritando como una puta descontrolada, sintiendo cómo la leche le resbalaba por los muslos mientras el viejo le escupía en la cara antes de darle la última embestida seca para asegurarse de que no olvidara su primera vez. La morrita quedó tirada en el suelo, jadeando, con el coño bien abierto y la leche chorreándole hasta los tobillos, mientras el viejo se limpiaba la polla en sus tetas antes de vestirse como si nada hubiera pasado.