Chiquita asiática se traga dos corridas de macho irlandés
La dulce Kimora llegó a la ciudad con su uniforme de colegio católico y esa mirada de inocente que le volvía locos a los hombres del barrio. Desde el primer día el grandulón de pelo rojizo no pudo evitar imaginársela de rodillas con esa boca pequeña pero ansiosa tragándose cada centímetro de su verga gruesa y sin circuncidar. La primera vez que la vio agacharse para recoger su cuaderno del suelo notó que el coño le chorreaba solo de pensar en empalarla contra la pared del pasillo, así que esperó a que anocheciera para arrastrarla hasta el callejón trasero donde la luz de la luna dibujaba sombras sobre su piel pálida. Kimora jadeaba mientras la polla irlandesa le abría los labios con cada embestida lenta pero implacable, sintiendo cómo el glande le rozaba la garganta hasta hacerla atragantarse con cada empujón profundo. El cabrón le agarraba el pelo corto y le obligaba a tomar hasta las pelotas, escuchando sus gemidos ahogados mezclados con el sonido húmedo de la saliva que se le escapaba por las comisuras mientras la cara se le ponía roja como un tomate. Cuando por fin la soltó y la volteó boca abajo contra el muro de ladrillos, ella no opuso resistencia: arqueó esa espalda menuda y ofreció el culo prieto y recién depilado como si supiera que esa era la posición que él más deseaba. Las primeras embestidas en esa postura la dejaron sin aliento, con los muslos temblando mientras la polla le llegaba hasta el útero, haciendo que el coño le escupiera jugos cada vez que la sacaba hasta la punta para volver a clavársela hasta las bolas. Kimora gritaba cada vez que la carne dura le golpeaba el clítoris, sintiendo cómo los espasmos del orgasmo le recorrían el cuerpo desde los dedos de los pies hasta la coronilla, pero el irlandés no se conformó con uno solo: le dio la vuelta y se la folló a horcajadas sobre el banco del parque, con las tetas pequeñas rebotando al ritmo de las embestidas brutales que le arrancaban chorros de leche por toda la cara. La primera corrida le explotó en la garganta mientras ella tragaba con avidez, con los ojos lagrimeando de tanto esfuerzo, pero el cabrón no se detuvo ahí: la levantó en peso y se la empotró contra la reja de una ventana, llenándole el culo de semen espeso hasta que los glúteos le brillaban como si los hubieran encerado. Cuando por fin eyaculó por segunda vez, fue directo a su cara: gotas gordas y calientes le recorrieron la frente, las mejillas y hasta los labios, mientras ella se lamía los restos con una sonrisa pícara y le susurraba al oído lo mucho que le gustaba que le dejasen el rostro bien marcado con su leche. Los dos quedaron jadeando, ella con las piernas temblorosas y él con la polla aún dura goteando por todos lados, sabiendo que esa noche en el callejón había nacido algo más que un polvo rápido: había nacido una obsesión.