Kesha Ortega y el masajista que me volvió loca de placer
La sala estaba envuelta en penumbras, con velas aromáticas titilando y el sonido relajante de una cascada en el fondo, pero yo solo podía pensar en las manos de Andrés Acosta deslizándose por mi piel. Llevábamos días intercambiando miradas cargadas de deseo cada vez que me daba un masaje, y esa noche, el aire se sentía electrizado. Sus dedos, untados en aceite caliente, trazaban círculos sobre mi espalda, bajando lentamente hasta el borde de mi tanga. Sentí cómo mi coño se humedecía sin control cuando sus pulgares rozaron mis nalgas, apretándolas con un gemido contenido. 'Sabía que ibas a estar así de mojada', susurró, y yo arqueé la espalda, ofreciéndole todo lo que quería. En más de 38 minutos de escena, nos perdimos en un baile de caricias, sus dedos explorando cada rincón de mi cuerpo antes de que su polla dura se hundiera entre mis piernas, llenándome hasta que los músculos de mi vientre temblaron. Cada embestida era más intensa, más profunda, hasta que jadeé: '¡Así, métemela entera, no te detengas!'. Cuando al fin me corrí, las paredes de mi coño apretaron su verga como si nunca quisieran soltarla. Él gruñó, clavándose hasta el fondo, y sentí cómo su leche caliente llenaba cada centímetro de mi interior. Al terminar, solo pudo decir con esa sonrisa de satisfacción: 'Ahora entiendo por qué te llaman insaciable'