Jocelyn y su hijastro Victor se dejan llevar en la casa
El olor a sudor y lujuria llenaba el aire cuando Victor entró a mi habitación, sus ojos clavados en mi cuerpo como si fuera la primera vez que me veía. Llevábamos días mirándonos de reojo, rozándonos sin querer, y ahora ya no aguantábamos más. Me mordí el labio cuando vi cómo su polla se marcaba bajo los pantalones, dura como una roca, y supe que no habría vuelta atrás. Le tiré del cuello hacia mí y le susurré al oído que me follara de una vez, que no podía esperar más. Sus manos grandes y callosas me agarraron el culo con fuerza, apretando mis nalgas como si fueran suyas, mientras yo me arqueaba para que sintiera lo mojada que estaba. Gemí cuando me penetró de una estocada, llenándome entera, y sus embestidas eran tan fuertes que el cabecero de la cama golpeaba la pared. Victor me mordía los pezones mientras me empotraba contra el colchón, y yo le arañaba la espalda, pidiéndole que me diera más duro, que no se detuviera. Sentía cómo su verga me rozaba justo donde más lo necesitaba, y cada vez que me penetraba hasta el fondo, un gemido escapaba de mi garganta. El calor entre nosotros era insoportable, y cuando por fin se corrió dentro de mí, grité su nombre como una loca, sintiendo cómo su leche me llenaba por completo. Fue tan intenso que casi me desmayo, pero no podía dejar de moverme contra él, sabiendo que esto solo era el principio.