Hilda y Rosa follando al aire libre con cuatro pollas
Esa tarde en el bosque, el aire olía a tierra mojada y a lujuria. Sabía que esto estaba mal, que no debíamos, pero cuando las vi a las dos arrodilladas, con las tetas rebotando y los coños chorreando, no pude resistirme. Les ordené que se pusieran a cuatro patas, con los culos bien abiertos, y me acerqué por detrás. Mi polla ya estaba dura como una roca, y sin perder tiempo, la clavé hasta las pelotas en el culo de Hilda mientras Rosa me miraba con esos ojos de puta desesperada. Gemía como una loca, el sonido de su coño apretado tragándose mi verga era música para mis oídos. Rosa, sin esperar su turno, se subió encima de otro tipo, montándolo como una amazona salvaje, sus tetas enormes rebotando con cada embestida. El otro tipo le agarraba las caderas con fuerza, marcando el ritmo mientras ella gritaba de placer. Yo no me quedé atrás, cambiando de agujero, ahora era el turno de Rosa, y su culo estaba tan apretado que casi me corro en el acto. Sentía cómo su carne ardiente envolvía mi polla, chupándola como si no hubiera mañana. Hilda, no contenta, se acercó y me agarró la polla con la boca, chupando con una intensidad que me hizo ver estrellas. El sabor de su saliva mezclado con el sudor de Rosa era adictivo. Los gemidos se mezclaban con el sonido de la naturaleza, los pájaros cantaban como si supieran que estábamos cometiendo un pecado delicioso. No podía parar, no quería parar. Cada estocada era más profunda, más salvaje, hasta que sentí cómo mi polla latía dentro de Rosa, llenándola de leche caliente. El orgasmo me sacudió como un rayo, y me corrí con un gruñido animal, sintiendo cómo mi semen la inundaba por completo. Fue entonces cuando todo se volvió blanco, y supe que esto no podía terminar así, pero no había vuelta atrás.