Gimnasio casero cachas se corre follando con su compañero
El muchacho llevaba meses coqueteando con su compañero de piso cada vez que se quitaba la camiseta sudada después del entrenamiento, pero nunca se atrevía a más que una mirada de reojo mientras se secaba el sudor del pecho. Hasta que una tarde, después de un partido de fútbol donde el rubio musculoso se lució con esos abdominales marcados y la polla bien dura bajo el short ajustado, la cosa se fue de las manos. El más callado le agarró por el cuello de la camiseta mientras el otro gemía con voz ronca y le susurró al oído que llevaba semanas imaginando cómo le empalmaría ese culo prieto contra la pared del gimnasio. Sin pensarlo dos veces, lo empujó contra el banco de pesas, le bajó los pantalones deportivos de golpe y le lamió el rabo desde la base hasta la punta, sintiendo cómo se le endurecía más con cada lametón que le daba a los huevos bien apretados. El rubio, con la espalda pegada al espejo del gimnasio, se agarraba a la barra de dominadas mientras el moreno le clavaba los dedos en las nalgas, abriéndole el culo para sentir ese primer empujón brutal que lo dejó sin aire y le hizo soltar un grito ahogado mezclado con un gemido de placer. Cada embestida le sacudía todo el cuerpo, haciendo que los músculos del pecho y los brazos se le tensaran como cuerdas mientras el sudor le resbalaba por la espalda ancha y musculosa. El moreno no paraba de gruñirle al oído lo bueno que le tenía el culo, cómo se lo quería comer entero, mientras le chupaba los pezones duros como piedras y le mordisqueaba el cuello sudado. El rubio, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, no podía más que gemir y empujar hacia atrás cada vez que el moreno le metía toda la verga hasta el fondo, sintiendo cómo le llegaba hasta la garganta y le hacía tener arcadas de placer. Cuando sintió que ya no podía aguantar más, el moreno le agarró la polla con fuerza y se la masturbó rápido mientras le seguía empotrando el culo con saña, hasta que ambos se corrieron al mismo tiempo: el rubio con un chorro espeso que le salpicó el pecho y el abdomen marcado, y el moreno llenándole el culo de leche caliente mientras le clavaba los dientes en el hombro para no gritar como una puta en celo. Quedaron tirados en el suelo del gimnasio, jadeando y sudando como dos bestias, con las piernas temblorosas y los cuerpos pegajosos por el sudor y los fluidos mezclados. El moreno le pasó la lengua por los labios entreabiertos del rubio, saboreando el semen que le quedó en la boca, mientras le susurraba que esto solo era el principio de muchas más folladas sucias entre esos cuerpos musculosos y sudados.