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El hijastro se abre para el padastro en el lavadero

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Desde que el padastro llegó a vivir con ellos el hijastro no podía dejar de mirarle el cuerpo fibroso cada vez que se quitaba la camiseta empapada en sudor. La primera vez que lo vio agacharse para sacar ropa mojada del tambor del lavadero, el muy cabrón no pudo resistirse y se quedó boquiabierto viendo cómo los pantalones le marcaban el culo prieto y la polla dura contra el muslo. El hijastro jugueteaba con el borde de su tanga sintiendo cómo el calor le subía por todo el cuerpo, pero cuando el madurito se giró con las manos llenas de ropa sucia y le clavó aquellos ojos oscuros de deseo, se le secó la garganta de golpe. Sin pensarlo dos veces se agachó frente a él, le bajó la cremallera del pantalón y sacó aquella verga gruesa y caliente que ya goteaba por la punta, gruesa como un brazo y de un rojo intenso que le hizo babear de anticipación. El padastro jadeó al sentir cómo los labios del chico se cerraban alrededor de su prepucio, chupando con movimientos lentos y húmedos mientras sus dedos se enredaban en el pelo rubio enmarañado, empujándole la cabeza hacia abajo para que tragara hasta la base. El hijastro gemía con la boca llena, sintiendo el sabor salado de la piel madura mezclado con el sudor que le resbalaba por el cuello, mientras sus propias nalgas se apretaban contra el suelo del lavadero buscando alivio. El hombre le agarró por las caderas con fuerza, levantándolo como si no pesara nada y lo apoyó contra la lavadora fría, obligándolo a arquear la espalda mientras le bajaba el tanga hasta los tobillos y le escupía en el culo para lubricar el camino. Cuando la primera embestida llegó sin aviso, el hijastro gritó con la boca abierta, sintiendo cómo aquella verga monstruosa le ensanchaba el agujero hasta el límite, estirando cada fibra de su carne mientras el padastro lo empotraba contra la máquina con golpes secos y profundos que le hacían temblar las piernas. El ruido de la lavadora ahogaba sus gemidos, pero los gruñidos roncos del madurito y el chapoteo de sus cuerpos al chocar llenaban el pequeño espacio, mezclándose con el olor a detergente y sexo caliente que se pegaba a la piel sudorosa. El hijastro se corrió primero, disparando chorros blancos sobre el suelo de cerámica mientras su cuerpo se contraía alrededor de la polla invasora, pero el padastro no aflojó el ritmo, clavándosela hasta el fondo una y otra vez hasta que un rugido gutural le sacudió el pecho y descargó dentro de él con empujones cortos y brutales, llenándolo de leche espesa que se deslizó por sus muslos temblorosos. Cuando por fin se separaron, el hijastro quedó jadeando contra la lavadora, con las piernas como gelatina y el culo en carne viva pero completamente satisfecho, mientras el madurito se limpiaba los restos de corrida de la verga con la camiseta antes de volver a vestirse como si nada hubiera pasado.

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