Chiquita Jessie Ames recibe verga hasta el fondo y leche en la boca
Jessie Ames es una morrita de dieciocho años que se ve más tierna que una paleta, con ese cuerpito flaquito y esa carita de ángel que solo le duraba hasta que le agarraban el culo. Él ya la tenía loca desde hacía días, con esas miraditas que le echaba mientras ella se mordía el labio sin poder evitarlo. Cuando por fin la tuvo contra la pared, Jessie no pudo más que gemir como una perra en celo mientras le bajaba el short y le metía dos dedos bien mojados en el coño para probar cuánto lo deseaba. La polla que sacó de su bóxer era del tamaño de su antebrazo, gruesa, venosa y con las venas palpitando como si fuera a reventar en cualquier momento. Jessie se agachó sin pensarlo dos veces, le chupó la punta con esos labios carnosos y saboreó el pre-semen que ya le escurría por la punta, sintiendo cómo se le endurecía aún más al contacto con su lengua. Él la agarró del pelo y le empotró la verga hasta la garganta, haciéndola atragantarse mientras los ojos se le llenaban de lágrimas pero con la boca bien abierta para no desperdiciar ni una gota de su leche. La puso en cuatro patas sobre la cama, le levantó el culito esquelético y le clavó la polla hasta los huevos, sintiendo cómo el coño apretado de Jessie se estremecía con cada embestida brutal. Ella chillaba como una cerda en celo, con esos pezones duros rozando las sábanas mientras él le apretaba las nalgas con fuerza para hundirse más adentro. Cuando sintió que el orgasmo le recorría la espina dorsal, Jessie gritó como si la estuvieran matando, con el coño chorriando jugos por todas partes mientras él se corría dentro, llenándole el culo de leche caliente y gruesa que le escurría por los muslos. Antes de que pudiera recuperarse, él le agarró la cabeza y le metió la polla en la boca hasta el fondo, descargándole todo el semen que le quedaba en la garganta, haciéndola tragar cada gota mientras los espasmos del orgasmo le sacudían el cuerpo flaquito. Jessie quedó tirada en la cama, con el coño palpitando, la boca llena de semen y los muslos pegajosos de leche, jadeando como si acabara de correr un maratón pero sin poder olvidar el sabor salado que aún le quemaba en la lengua.