Carahoney chupa esa verga monstruosa de Vlass en secreto
—Shhh, cállate, que nos van a escuchar— susurra Carahoney mientras se arrodilla frente a Vlass, sus dedos temblorosos desabrochando el pantalón de su amante. La polla de Vlass ya está dura como una roca, gruesa y palpitante, y ella la mira con los ojos brillantes de deseo antes de envolverla con sus labios carnosos. El sonido de la puerta principal chirriando los hace saltar, pero Vlass la agarra del pelo y la empuja más adentro, obligándola a tragarse esa verga hasta que las lágrimas le corren por las mejillas. Carahoney gime ahogadamente, el sonido amortiguado por el grosor que le llena la garganta, mientras sus manos se aferran a los muslos de Vlass como si fueran su único salvavidas. Las embestidas son rítmicas, brutales, cada vez más rápidas, y ella siente cómo el anillo de cuero en la base de la polla de Vlass le golpea los labios cada vez que él se clava hasta las pelotas. El sudor le cae por la frente, mezclándose con el maquillaje corrido, pero no se detiene, sigue chupando con desesperación, como si cada segundo fuera el último antes de que alguien los descubra. Vlass gruñe entre dientes, los músculos de su abdomen tensos, y de pronto Carahoney siente el calor espeso inundándole la boca, tragando rápido para no ahogarse. Cuando él la suelta, ella se limpia los labios con el dorso de la mano, jadeando, y mira hacia la puerta con los ojos muy abiertos, esperando que nadie haya escuchado el gemido final de Vlass.