Amira Mae se llena de leche en su concha bien apretadita
El olor a sexo fresco y sudor masculino impregnaba la habitación cuando Amira Mae se montó sobre la polla de Leo Valentino, sus muslos temblando de anticipación. Sabía que esto estaba mal, que no debería dejar que ese semental la empotrara así, pero el calor entre sus piernas no le dejaba pensar. Empezó a cabalgarlo con ferocidad, sus pequeños senos rebotando mientras clavaba las uñas en el pecho del tipo, gimiendo cada vez que la verga rozaba ese punto que la hacía perder el control. La culpa le ardía en la garganta, pero el placer era más fuerte: sentía cada milímetro de esa polla gruesa estirándola, llenándola hasta que el coño le ardía de lo húmeda que estaba. Leo aguantó los gemidos ahogados mientras ella lo ordeñaba, sus caderas chocarían con fuerza hasta que la leche caliente le brotó en chorros espesos, inundando su vientre y goteando por los muslos. Más de 17 minutos de follar sin parar, con la mirada de ella clavada en el techo, preguntándose qué demonios hacía dejando que un hombre así le manchara la concha así, pero sin poder frenar. Cada sacudida le recordaba lo prohibido que era, pero en ese momento no le importaba nada más que sentir ese calor entre las piernas, ese líquido pegajoso que le recordaba quién mandaba. Cuando él se corrió por segunda vez, ella se dejó caer sobre su pecho, sintiendo el latido acelerado de ambos mientras sus pensamientos se descarrilaban: esto estaba mal, pero Dios, no quería que terminara.