Puta de minas se dejo empotrar hasta escupir leche
La morena de Minas Gerais llegó con esa mirada de zorra que ya te dice todo lo que va a pasar en esa noche de calor asfixiante. Con ese culo prieto y redondo que le sobra la tanga, se agachó en cuatro patas sobre la cama sin necesidad de que le pidieran nada, sabiendo perfectamente lo que le esperaba. Él no perdió tiempo: le agarró las caderas bien firme y le clavó la polla dura hasta hacerla gemir como una perra en celo, sintiendo cómo su coño mojadísimo se abría sin resistencia. Las embestidas eran brutales, cada empujón le hacía botar esas tetas naturales que le rebotaban con cada movimiento, mientras ella se mordía el labio inferior para no gritar como puta enloquecida. El sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto con los jadeos ahogados de ella, que no paraba de repetir que le diera más fuerte, más profundo, que le reventara el culo si quería. Él no se hizo rogar: la agarró de la coleta y le metió la polla hasta el fondo de la garganta, ahogándola con su leche espesa hasta que ella tragó cada gota sin dejar ni una pizca en sus labios carnosos. Entre toses y risas, la morena se limpió la boca con el reverso de la mano y le susurró al oído que no se fuera todavía, que esa noche la iba a dejar bien follada por cada agujero. Y así fue: la volvieron a poner en cuatro, esta vez con la polla bien engrasada por su propia saliva, y no paró hasta que ella se corrió gritando su nombre como una loca descontrolada, con el coño chorreando y el culo bien marcado por las huellas de sus dedos. Cuando por fin se dejaron caer sobre las sábanas empapadas en sudor y jugos, los dos quedaron exhaustos, pero con esa sonrisa pícara de quien sabe que la noche estaba lejos de terminar.