Negra con culo enorme pide que la empotren duro
La morena llegó con esa mirada de puta desesperada por una buena follada y no se fue sin saciar su hambre de polla. Desde que la vio en la puerta con ese short ajustado que apenas le tapaba el culo, el vecino no pudo quitarle los ojos de encima, así que cuando ella le guiñó un ojo y le dijo con voz ronca '¿me vas a hacer gozar o no?', el pobre ya no resistió más. Se la llevó al sofá de su casa, le arrancó la tanga negra que le dejaba el coño al aire y le clavó la lengua entre los labios del conejito, sintiendo cómo ya estaba más mojada que un charco después de la lluvia. Ella gimió como una puta en celo, agarrándole la nuca para que no se detuviera, mientras él le masajeaba las nalgas gordas con ambas manos, apretando esa carne prieta que parecía rebotar con cada movimiento. '¡Sí, así, cabrón, métemela hasta el fondo!', le suplicó, levantando las caderas para que la polla gruesa le abriera el coño de par en par, sintiendo cómo el calor húmedo de su interior lo envolvía como un guante ajustado. Él no necesitó más invitación y se la empotró de una sola embestida, haciendo que ambos gritaran como animales en celo, con los cuerpos pegajosos de sudor y los gemidos resonando en cada pared. Ella se aferró a sus hombros, arañándole la espalda mientras él le golpeaba el culo con cada embestida, el sonido de la carne chocando contra carne llenando el aire junto con los jadeos entrecortados. '¡Más, más, no pares, que me voy a correr!', chilló ella, y él aceleró el ritmo hasta que notó cómo su conejito se contraía alrededor de su verga, anunciando el orgasmo que la recorrió de pies a cabeza. Con un último empujón profundo, disparó su leche hirviendo dentro de ella, llenándola de semen hasta que el coño le chorreaba por las piernas, manchando el sofá con el líquido caliente que no paraba de brotar de su sexo exhausto. Cuando por fin se dejó caer sobre él, jadeando como si hubiera corrido una maratón, el vecino supo que esa morena con culo de diosa acababa de quedarse con ganas de más, pero ya no había fuerza ni en ella ni en él para seguir. Se quedaron así, abrazados, con los cuerpos pegajosos y las respiraciones agitadas, sabiendo que esa noche no sería la última vez que su coño hambriento y su culo impresionante serían el centro de atención.