Dos morenas calientes se comen a un negro en casa
Desde que llegaron esas dos morenas de curvas exuberantes y piel dorada, él no podía quitarles los ojos de encima, sobre todo a esas tetas enormes y bien duras que rebotaban con cada paso. La más morena, con un culo redondo y tatuado que parecía hecho para agarrarse, le guiñó un ojo mientras se lamía los labios rojos y gruesos. La otra, más clara pero con un coño bien depilado y brillante, le susurró algo al oído antes de morderle el lóbulo con sus dientes blancos. Él no necesitó más invitación: en un segundo, la polla le saltó fuera del pantalón, dura como una piedra y palpitando con cada latido. La morena se arrodilló en el suelo de madera, abrió bien la boca y se tragó hasta la mitad sin dejar de mirarlo con esos ojos negros llenos de lujuria. La otra se frotaba el coño mojado contra su muslo mientras le acariciaba los huevos con una mano y le jalaba el culo con la otra, como si supiera que necesitaba que lo empalmaran rápido. Él no pudo aguantar más: la agarró por la cintura, la levantó como si no pesara nada y la empaló contra la pared del pasillo, clavándole la verga hasta el fondo mientras ella gritaba y le clavaba las uñas en la espalda. La morena se acercó por detrás, le lamió la nuca sudorosa y le escupió un poco de saliva en el culo antes de metérselo con los dedos, preparándolo para lo que venía. Entre gemidos y resbalones, la cambiaron de posición: ahora ella estaba sentada en el sofá con las piernas abiertas, recibiendo embestidas brutales mientras la otra le chupaba los pechos grandes y negros hasta dejárselos brillantes de saliva. La polla le golpeaba el útero con cada envite, haciendo que ella se corriera en chorros gruesos que le resbalaban por los muslos, empapando el asiento del mueble. No contentas con eso, la morena se subió encima de él, le pasó las tetas por la cara y se dejó caer hasta que la verga le llegó al fondo del coño, mientras la otra le lamía los huevos y le metía un dedo en el culo para hacerlo gritar. Los tres acabaron temblando, sudando y cubiertos de semen: él se corrió dentro de la morena hasta llenarle las tetas de leche espesa, mientras la otra se frotaba contra su pierna, desesperada por sentir el mismo calor pegajoso corriéndole entre los muslos. El aire olía a sexo, a piel caliente y a algo más primitivo, como si el deseo los hubiera devorado por completo.