La sexy empleada doméstica Victoria Camargo empotrada por cuatro machos
Victoria Camargo, la empleada doméstica con curvas de infarto y un culo que parece moldeado por los dioses, llevaba días dejando la escoba tirada para que esos cuatro tipos peludos con pollas de escándalo no pudieran evitar mirarle el escote o el vestido ajustado que le marcaba cada jodido movimiento. Cuando la puerta se cerró con llave y la orden fue clara —'chúpamela, perra, hasta que me corra en tu garganta'— ella se arrodilló sin dudar, con las tetas rebotando al ritmo de sus gemidos ahogados mientras esos cuatro cabrones se masturbaban mirándola, con los huevos pesados y las venas marcadas en las vergas enormes. El primero la empotró contra la pared en misionero, agarrándola de las caderas con fuerza mientras la polla negra le abría el coño hasta hacerla gritar, el sonido de los muslos chocando contra su culo resonando por toda la cocina. El segundo llegó con ese trozo de carne que le colgaba hasta las rodillas, obligándola a abrir bien la boca para tragársela entera en un deep throat que le hizo lagrimear, la saliva resbalando por su barbilla mientras él le agarraba la cabeza y no le dejaba escapar. El tercero, con los huevos bien apretados, se la clavó por el culo sin piedad, el lubricante natural de su coño bien mojado facilitando la entrada aunque el dolor inicial la hiciera arquear la espalda y soltar un '¡ay, joder!' que sonó más a ruego que a queja. El cuarto, el más bruto de todos, le agarró las tetas desde atrás mientras la empotraba, las embestidas tan profundas que cada golpe le hacía mover el cuerpo entero, el sonido húmedo de la carne contra la carne llenando el aire junto a los gruñidos animales de esos cuatro machos disfrutando de su cuerpo como si fuera un juguete sexual sin derechos. Cuando el primero se corrió en su boca, ella tragó cada gota sin dejar escapar ni una gota, los ojos vidriosos pero la sonrisa pícara mientras le lamía los labios y le pedía más. El segundo le llenó el coño de leche espesa, el chorro caliente resbalando por sus muslos mientras ella se retorcía de placer, los gemidos cada vez más altos y desesperados. El tercero le metió la polla por el culo hasta que sintió cómo se le escapaba un hilito de pis por el esfuerzo, el líquido caliente mezclándose con el sudor y la leche de los anteriores, el olor a sexo y cuerpos sudados inundando la habitación. El cuarto, el más salvaje, le agarró la cabeza y le metió la verga hasta el fondo de la garganta mientras se corría, el semen le resbaló por la cara y el cuello, manchándole el vestido y dejándola completamente cubierta de su esencia. Victoria, exhausta pero con los ojos brillantes de satisfacción, se dejó caer al suelo, las piernas temblorosas y el cuerpo marcado por las manos, las pollas y los mordiscos de esos cuatro animales que la habían destrozado de placer, sabiendo que al día siguiente volvería a dejar la escoba tirada para que la empotren otra vez.