Mamá soltera de 34 años se deja follar dura y sin piedad
Lleva meses con esa mirada de puta que no aguanta más y hoy por fin se dejó llevar, esa mamá soltera de 34 años con un culito que parece de porcelana y unos labios carnosos que gritan por ser mordidos. Apenas abrió la puerta del departamento con esa bata que apenas le tapa el coño depilado, él supo que no habría tiempo para juegos: su verga ya estaba dura como una roca solo de imaginarse hundirla entre esas tetas que rebotan al caminar. Sin perder un segundo la empujó contra la pared del pasillo, le arrancó el tanga blanco sin remordimientos y le metió dos dedos bien hondos en el conejito marrón, empapado desde que escuchó el primer gemido ahogado salir de su boca. Ella no opuso resistencia, al contrario, arqueó la espalda y le suplicó con un jadeo que le metiera la polla hasta el fondo, que la follara como la puta que siempre supo que era. Él no necesitó más invitación: le levantó una pierna, alineó su verga gruesa con ese coño chorreante y se la clavó de una sola estocada hasta las bolas, haciendo que ella soltara un alarido de puro placer mezclado con dolor. Cada embestida le sacudía las tetas libres que rebotaban sin control, mientras sus uñas se clavaban en los hombros del cabrón que la empotraba sin piedad, pidiéndole más fuerte, más rápido, que le dejara el coño bien marcado. El sonido de carne contra carne llenaba el aire junto con los gritos de ella, que no podía contener los espasmos de su orgasmo mientras él le mordisqueaba el cuello y le susurraba al oído lo buena que estaba para ser una mamá responsable. Cuando sintió que el clímax la estaba partiendo en dos, él la volteó de espaldas, la dobló sobre el sofá y le metió la polla por el culo bien apretado, sintiendo cómo el calor de sus entrañas lo envolvía con cada empujón. Ella no pudo aguantar más y se corrió con un chorro de leche caliente que le mojó las piernas hasta los tobillos, mientras él seguía embistiéndola sin piedad hasta vaciarse dentro de su conejito bien usado. Quedaron los dos jadeando, sudorosos y satisfechos, con él aún dentro de ella, disfrutando de cómo su cuerpo temblaba por el último espasmo del orgasmo. No había quedado ni una gota de semen que no hubiera terminado dentro de ese coño que ahora brillaba bajo la luz tenue del departamento, lista para ser follado de nuevo cuando ella se recupere de tanta intensidad.