Madrastra caliente se deja empotrar anal con lujuria
Llevaba días observando cómo su hijastro se duchaba sin camisa, el agua resbalando por esos hombros anchos que tanto le excitaban... Cada vez que pasaba frente a su habitación, la puerta entreabierta le regalaba destellos de su cuerpo sudoroso, y cada vez le costaba más apartar la mirada. Esa tarde, mientras él se secaba el pelo con una toalla, ella entró sin avisar, el corazón golpeándole el pecho como un tambor. El muy cabrón ni se inmutó al verla allí, empapada en deseo, mordiéndose el labio inferior hasta dejarlo rojo. Sin una palabra, la mano de ella se coló bajo su camiseta, arrancando un gemido ronco cuando sus dedos rozaron el vello húmedo de su pecho. Él la agarró de la nuca y la empujó contra la pared, su boca devorando la suya mientras ella le desabrochaba el cinturón con dedos temblorosos. La polla le saltó libre, dura como un fierro y brillante por la excitación, y ella no pudo evitar soltar un suspiro entrecortado al verla palpitando frente a su cara. Sin perder un segundo, se arrodilló en el suelo frío y se la metió hasta el fondo de la garganta, ahogando un gemido cuando el sabor salado le inundó la lengua. Él le sujetó la cabeza con ambas manos, empotrando su gruesa verga hasta tocarle la campanilla, mientras ella se agarraba a sus muslos musculosos para no perder el equilibrio. La madrastra, con el culo en pompa y el coño empapado de tanto follar mentalmente, le suplicó que la penetrara por detrás antes de que se corriera del puro morbo. Él la levantó en volandas, le arrancó el tanga de un tirón y la clavó contra la cómoda, su polla resbaladiza buscando a tientas la entrada del culo bien apretado. Un empujón seco y ya estaba dentro, estirándola hasta el límite mientras ella gritaba de placer mezclado con un poco de dolor, sus uñas clavándose en la madera. Las embestidas eran brutales, cada una más profunda que la anterior, y el sonido de sus cuerpos chocando llenaba la habitación junto con los gritos ahogados de ella. Él le agarró de las caderas y la embistió como un animal en celo, su verga desapareciendo una y otra vez en ese culo que se abría cada vez más a su paso. Cuando sintió que ella se contraía alrededor, supo que estaba a punto de correrse, así que la volteó boca arriba sobre la cama, le abrió las piernas de par en par y se la clavó hasta el fondo en un solo movimiento. Ella se corrió gritando su nombre, el coño temblando alrededor de sus dedos mientras él le llenaba el culo de leche caliente, empapando las sábanas blancas con sus fluidos. Quedaron jadeando, pegajosos y satisfechos, con las piernas entrelazadas y los cuerpos temblorosos por el esfuerzo. La madrastra, aún con el culo palpitante y la polla de él goteando dentro, le susurró al oído que este no sería el último polvo entre ellos...