Madrastra caliente me descubre la verga al despertar
Llevaba días notando cómo me miraba con esos ojos azules que le brillaban como gemas mientras me servía el café por la mañana, pero nunca imaginé que esa mirada escondía un plan sucio. Esa noche, después de cenar con su marido —mi padre—, se quedó en el salón con un vestido ceñido que le marcaba el culo prieto y los pechos abundantes que casi se le salían de la tela. Yo fingí dormir en el sofá, pero cuando escuché sus pasos descalzos acercarse, sentí que mi verga se ponía más dura que un palo, especialmente cuando noté cómo me rozaba el muslo con sus uñas pintadas de rojo mientras me susurraba al oído: '¿Qué haces despierto, cariño?'. Antes de que pudiera reaccionar, me agarró del pelo y me metió su coño empapado en la boca, gimiendo como una puta en celo mientras me ahogaba con sus jugos sin dejar de masturbarme con la otra mano. Su marido entró al baño y ella, sin perder el ritmo, me empujó contra la pared, me bajó los pantalones y me empaló contra la puerta con esa verga de toro que tanto me pone, haciéndome gritar como un animal mientras me clavaba las uñas en las nalgas. En la cama, me puso a cuatro patas y me folló como una perra en celo, con sus tetas rebotando contra mi espalda mientras me ordeñaba el prepucio hasta que sentí que se me iba a salir el alma por la punta. Me corrí dentro de su concha húmeda, llenándola de leche espesa que le chorreaba por las piernas mientras ella se retorcía de placer, pidiendo más a gritos hasta que su marido apareció y la empaló por detrás, haciendo que los dos nos corriéramos otra vez en un remolino de gemidos, sudor y olores a sexo sucio. El vestido azul quedó tirado en el suelo, la verga me dolía de tanto usarla, y el coño de ella seguía temblando de cada embestida, como si nunca se fuera a vaciar.