Madrastra caliente folla con el hijastro en la cama
La madrastra llevaba días buscando excusas para quedarse en su habitación cuando él salía del baño con la toalla alrededor de la cintura, mostrando ese cuerpo musculoso y ese bulto tentador que le hacía la boca agua cada vez que se le venía encima sin camisa. Él, un adolescente de diecinueve años con una verga que parecía tallada en piedra, no podía evitar mirarla de reojo mientras se cambiaba los pantalones, sintiendo cómo el coño le empezaba a latir con fuerza entre las piernas. No tardó mucho en acercarse sigilosamente por detrás, rozándole el culo con la polla dura mientras le susurraba al oído que llevaba días imaginando cómo le empotraría hasta dejarla sin aliento. Ella giró la cabeza con una sonrisa pícara, mordiéndose el labio inferior mientras le agarraba el pelo y le empujaba la cabeza hacia sus tetas, que apenas podían contenerse dentro del sujetador de encaje negro que llevaba puesto. Él no necesitó más invitación: le arrancó el tanga de un tirón y se la clavó de golpe, sintiendo cómo su coño empapado y caliente se ceñía a su verga como un guante mojado, mientras ella soltaba gemidos roncos y le pedía más fuerte, más duro, que no parara ni un segundo. Las embestidas eran brutales, el sonido de sus cuerpos chocando contra el colchón se mezclaba con los gritos de ella, que se agarraba a las sábanas con los nudillos blancos mientras él le levantaba una pierna para hundirse aún más en su interior, rozándole ese punto que la hacía temblar de placer. No pasó mucho antes de que ambos se corrieran al mismo tiempo, ella con espasmos que le recorrían el vientre mientras él le llenaba el coño de leche espesa, dejando marcas blancas en sus muslos internos que ella se limpiaría después con la lengua, relamiéndose los labios con una sonrisa satisfecha mientras le susurraba que no se detuviera, que quería más aunque supiera que se le acabaría la resistencia. Él, jadeante y con la polla aún palpitante, se dejó caer a su lado, pero ella no tardó en montársele encima, cabalgándole con furia mientras le mordisqueaba los pezones hasta hacerle gruñir de dolor y placer mezclados. La noche se les fue entre gemidos, sudor y cuerpos enredados, sin importarles lo más mínimo que abajo alguien pudiera escuchar los ruidos de una follada que ya olía a sexo y a piel quemada por el calor de los cuerpos entrelazados.