Madrastra cachonda me pide que la folle
Llevaba semanas con esa mirada de puta caliente cada vez que me veía en calzoncillos por la casa, pero hoy la cosa pasó de largo. Mi madrastra se quitó el delantal mojado de café y me agarró la polla por encima del pantalón sin decir ni un puto pero. Sentí su aliento caliente en el cuello mientras me susurra que lleva meses soñando con que le reviente el coño con mis embestidas. Le arranqué el vestido de un tirón y sus tetazas enormes se balancearon libres, con los pezones duros como piedras. No pude resistirme: le metí la polla hasta la garganta mientras ella gemía con voz ronca y se agarraba al respaldo del sofá. La puse a cuatro patas en el suelo de madera y le di una palmada en el culo que dejó marca roja. Cada embestida le hacía soltar gritos ahogados y sacudía su melena rubia mientras su coño se empapaba cada vez más con mis sudor. Le metí los dedos en la boca para que chupara mi semen antes de correrme dentro de ella, sintiendo cómo su interior se contraía con espasmos mientras se venía conmigo. Su leche corrió por mis muslos cuando terminé, pero no me importó: la madrastra viciosa seguía pidiendo más, con los labios hinchados y los ojos llenos de lujuria. Me la follé hasta que no pudo caminar, y cuando por fin se derrumbó sobre la alfombra, supe que esa noche había sido solo el principio.